Arte y Figura

ARTE Y FIGURA

El Nolo

Continuamos con Libro “Antonio Bienvenida, El Arte del Toreo”, por José Luis Rodríguez Peral

Pepe Luis Vázquez

 La guerra mundial llegaba a su fin, México, aunque comprometido en ella de manera formal enviando al Escuadrón 201 al frente del Pacifico, era en realidad un país alegre y despreocupado, cuya principal función consistía en recibir a refugiados políticos y de guerra que venían produciéndose regularmente desde el principio de la sublevación española en 1936. Nuestro sistema político emanado de la revolución se fortalecía y para los habitantes de la ciudad de México fue una noticia muy importante el triunfo de Arruza en Madrid durante el mes de julio de 1944, que venía a restablecer las relaciones taurinas entre ambos países.

 Del grupo de 5 toreros españoles contratados por la empresa de Don Antonio Algara para la temporada invernal 1944-45, era Pepe Luis el de mayor cartel. Junto con “Manolete” formaba la pareja de la posguerra española, pero en el verano de 1943, toreando en Santander, había sufrido una terrible cornada en la cara. Cuando colocaba a un toro en el caballo, resbaló y cayó hacia atrás, con la mala fortuna de que un pitón le penetrara por la nariz y casi le hace perder un ojo.

 Aunque recuperado perfectamente de tan peligroso percance, se decía que había perdido el sitio y distaba mucho de ser el mismo que al principio de su competencia parecía superar a “Manolete” en sus dimensiones de torero de época. Con estas referencias hace el paseo en El Toreo junto a Arruza y Andrés Blando para despachar 6 de Rancho Seco una tarde del mes de diciembre de 1944. Iba de morado y oro.

 Sólo abrirse de capa y darle una tanda de lances al primero suyo rematando con salerosa media verónica, hace que los más antiguos aficionados recuerden a “Chicuelo” y los más jóvenes contemplen una forma de torear desconocida casi para ellos, basada en un armonioso conjunto del movimiento del engaño y los pies, que cargaban ligeramente la suerte o permanecían juntos según conviniera al viaje del toro y a la cadencia de las series. Aquello maravillaba. Lo malo era que, efectivamente, se había convertido en un torero demasiado irregular, que solo en lances aislados o cortas tandas administraba su arte.

 Después de varias corridas se le llamó “Pepe Destalles”. Pero no importaba mucho. A pesar de su brevedad se hizo de incondicionales partidarios, entre ellos el General Maximino Ávila Camacho, hermano del Presidente, Secretario de Estado y verdadero promotor del espectáculo, quien a través de Algara había arreglado el conflicto taurino.

 Una tarde el imperativo General le hace prometer que trataría de cortar una oreja en vez de quedarse en los detalles de siempre. No obstante un vendaval mayúsculo lo consigue, a un toro de Piedras Negras. Como era de esperarse, regresa contratado la temporada siguiente. Compite con “El Monstruo”. Ahora sí, se muestra pletórico con un toro: “Cazador” de Coaxamalucan, en memorable tarde junto a “Manolete” y Procuna.

 Cuando remataba las tandas de naturales con el pecho, lo jaleaba hasta el General, que ya había muerto. Sí, es verdad. Yo lo vi. Para quien haya estado en el tendido aquella tarde, resulta fácil entender por qué existe la emoción taurina.