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Arte y Figura

Continuamos con el libro “Antonio Bienvenida, El Arte del Toreo”, por José Luis Rodríguez Peral.

Gritos desde el tendido

La manifestación más genuina de la fiesta de los toros la producen, en mi opinión, los silencios, los aplausos, y las broncas del respetable durante y tras la lidia. También los gritos desde el tendido. El toreo está lleno de gritos: memorables unos, deplorables otros, algunos prescindibles, pero importantes todos. Gritos desde el tendido, a través de los cuales algunos aficionados, a veces verdaderos entendidos, expresan sus opiniones.

Nunca he gritado. En mi formación como aficionado no me estaba permitido. En la plaza se debía estar como en misa, como en la ópera. No aplaudir, no abuchear, no gritar. Solo sentir, para después olvidar o recordar.

Sin embargo me parece fundamental que la afición se exprese con los olés, los aplausos, el pañuelo para exigir la recompensa por una faena bien cuajada, los pitos, las broncas, los abucheos al presidente, pero sobre todo cuando lanza a los cuatro vientos sentencias sobre un toro o un torero.

Recuerdo a El Ronquillo, a El Diamante Rubio, a tantos otros… Los dos títulos fundamentales de este libro rememoran y honran esos gritos, esas lecciones de afición y, por qué no decirlo, de torería. El título del libro recuerda cuando El Ronquillo gritó “el arte del toreo se llama Antonio Bienvenida”. Este capítulo recuerda otro grito de entusiasmo, anónimo por lo que yo sé. Fue lanzado en un San Isidro madrileño cuando estaba jarreando, y en medio del aguacero alguien pidió a los espectadores que estaban aguantando el chaparrón que cerraran los paraguas, porque estaba toreando Don Antonio. Y los espectadores lo entendieron.

Continuará… Olé y hasta la próxima.

El Nolo

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